¿Dios creó al humano o el humano creó a Dios?

Cuando la conciencia se miró en el espejo y se enamoró de su reflejo.

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Hay una pregunta que divide templos, une científicos y deja sin palabras a los místicos: ¿Dios creó al humano o el humano creó a Dios? Nadie tiene la respuesta, pero todos la sienten. Porque en el fondo, lo que llamamos “creación” no fue un acto, fue un reflejo. La conciencia se miró a sí misma y, para poder reconocerse, se dividió en dos: el humano que olvida y el Dios que recuerda. Desde entonces, el universo se expande dentro de esa oscilación.

Cuanto más humano eres, más desconectado te sientes de Dios. Cuanto más divino eres, más lo recuerdas. Pero ninguna de las dos mitades es un error. Ser humano es olvidar por un rato la infinitud para poder experimentarla. Ser divino es recordarla sin dejar de habitarla. El juego —el verdadero experimento de la vida— está en ese vaivén: entre el barro y la luz, entre la supervivencia y la rendición, entre la necesidad y la plenitud.

El humano desconectado vive atrapado en la urgencia. Cree que su valor depende de lo que produce, lo que logra, lo que gana. Quiere controlar, tener razón, ser visto. Mide el amor en “likes” y la fe en resultados. Busca a Dios en los templos, en los libros, en los demás. Pero no en su respiración. No en su silencio. No en su propia mirada cuando se atreve a sostenerla.

El humano divino, en cambio, ya no busca a Dios porque lo siente en todo: en una manzana, en una caricia, en un atardecer. No necesita pruebas, necesita presencia. No ora con palabras, ora con coherencia. Ama sin motivo. Perdona sin explicación. Sabe que cada persona, incluso las que duelen, son proyecciones del mismo pulso que late en él. No escapa del mundo: lo habita con consciencia.

Y entre esos dos extremos —entre el olvido y el recuerdo— se escribe la historia de cada alma. Cuando te desconectas, no pierdes a Dios: pierdes la capacidad de escucharlo. Cuando te conectas, no te haces más santo: te haces más real. La divinidad no te quita la humanidad, la hace consciente. Te recuerda que el dolor no es castigo, es portal. Que la pérdida no es ausencia, es dirección. Que el miedo no es enemigo, es señal de que estás cerca de una verdad.

Quizá Dios se hizo humano para poder sentir. Y el humano creó a Dios para poder recordar. Uno se convirtió en piel, el otro en fe. Uno en deseo, el otro en silencio. Pero ambos son el mismo pulso contándose historias para no olvidarse del milagro de existir. No hay jerarquía, hay reflejo. No hay arriba ni abajo, hay espejo.

La evolución no es una escalera, es una danza. A veces subes, a veces caes. A veces recuerdas que eres infinito, y a veces te pierdes en la carne. Y eso está bien. Porque solo un alma que se atreve a vivir lo humano puede realmente comprender lo divino.

Si estas palabras tocaron algo en ti, si sientes que estás justo en medio de ese péndulo —entre lo que sabes y lo que aún no puedes vivir—, hay un espacio creado para atravesar esa brecha con conciencia.

Se llama “Todo está bien, pero nada lo está.” Un proceso donde dejamos de perseguir respuestas para empezar a encarnar la verdad. Donde no se trata de sanar, sino de recordar. El nuevo grupo comienza el sábado 10 de enero. No es un curso, es un despertar compartido. Si llegas, trae tus preguntas, tus miedos y tu verdad. Todo lo que eres cabe ahí.

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🪞 Reflexión Portal Consciente
La respuesta no es quién creó a quién. La respuesta es cuándo eliges recordar que ambos viven en ti.

🔥 Coaching para el alma:

  • ¿En qué momentos de tu día recuerdas que eres parte de algo más grande?

  • ¿Qué te recuerda tu conexión con lo divino cuando te sientes perdido?

  • ¿Cómo sería vivir tu humanidad sin desconectarte de tu divinidad?

🌙 Desafío vivencial:
Antes de dormir, lleva la mano al corazón y di en voz baja: “Estoy recordando.” Respira tres veces profundo. No intentes entenderlo. Solo siente.

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